Trekking Nepal en Shivapuri: este es el cuarto post sobre nuestro pequeño trekking en Nepal, en Shivapuri y alrededores. Visita los tres primeros aquí.
Algo que no suele
aparecer de forma cabal y bien explicada en las guías de trekking (ni en las
guías de viaje en general) es el
modo en
que has de tratar a la gente o cómo puede que te traten ellos. Sí suelen
explicar cómo comportarte desde la idea de que hay que seguir unas
pautas culturales que son distintas a
las de tu lugar de origen y, desde esa idea, te cuentan en una
guía de viaje a Nepal que en general
los nepalíes no usan la mano izquierda para
comer, que tienen un
gesto para
asentir ladeando la cabeza de lado a lado que puede confundir a los
europeos. Lo que no te explican en las guías de viaje, sin embargo, es cómo va
a ser el trato real con los individuos de la cultura; no explican con detalles
tampoco cómo podrías sentirte o cómo ellos esperarán que te sientas.
En nuestra opinión, sin
ánimo de condenar a todas las guías de
viaje, a menudo ocurre que estas venden sensaciones y, es más, que estas
sensaciones que venden son esencialistas
y esencializadoras. Dicho claro y tajante: venden
esencias a través de sensaciones.
Pero este post no es para
hablar de las guías de viaje. Es para hablar de nuestra mañana en Mulkhara. Ahí
vamos:

En la terraza de la casa
o la
lodge donde nos alojamos desayunamos
observando una cascada de luz velada que atravesaba el valle entre dos
montañas. Ahí disfrutamos del
chapati
(un tipo de pan indio-nepalí) más sinsabor de nuestra vida (pura harina y agua
cocinada), acompañado por un té
masala
que no destacaría en nuestra memoria. Lo
mejor de aquel desayuno fue ver cómo la hija mayor (del nombre no nos
acordamos, pero su hermana se llamaba Hari, que significa ‘diamante’) los
cocinaba. La chica cantaba, bailaba, reía y sonreía lanzando comentarios en nepalí
al resto de habitantes, que descansaban cerca de lugar o pasaban cerca de la
terraza. Tuvimos la oportunidad de observar y aprender cómo cocinar un
chapati.
Más que clientes, nos
sentíamos invitados. El lema de “ven como desconocido y márchate como familia” cobraba forma con cada momento que pasábamos ahí.
Para bien o para mal, sería aquella una de las últimas ocasiones en que nos
invadiría esa sensación.