La idea de realizar un curso de diez días de meditación Vipassana casi siempre llega con alguien, en nuestro caso Benjamin, de Inglaterra. Alguien gira la rueda del Dhamma y lo comparte contigo. No necesariamente lo comparte contigo porque haya sido para él una experiencia maravillosa, aunque pueda ser que sí; ni tampoco porque sea la técnica que conduce a la verdad (como a veces a mí personalmente me pareció que me intentaban vender allí), sino porque como experiencia es impresionante y porque la gente se queda sin palabras al explicarlo. Son esas experiencias, las que te vuelven mudo, con suerte lacónico, las que hay que vivir, las que hacen que la vida cobre matices inesperados. El final de Vipassana acaba también cuando empiezas a girar la pequeña rueda y lo cuentas también a los demás y al menos alguien se pregunta si puede ser una buena vía para sí mismo.
El primer contacto con Vipassana, una vez te has informado bien, es a través
de un Código de Disciplina, que has
de aceptar estrictamente. No se trata de un acatamiento, sino del entrenamiento
de la moralidad, que es la base o el andamio de lo que se va a desarrollar
durante el curso. Es una conducta ética
(Śīla, pronunciado “Shila”) basada en cinco
preceptos (ocho si no es el primer curso que realizas) y que, de acuerdo
con los discursos que se reciben allí, es una moral fácil de aceptar y casi
sacada del sentido común, aunque en mi opinión la moral no es nunca algo
universal ni tampoco de sentido común.
Los cinco preceptos
son los siguientes:
